Me propongo un camino y una estrella,
una lejana, pero no imposible,
una que pueda seguir aunque el sol brille,
y que las nubes no tapen al anochecer…
Si, me propongo un sendero de sueños,
de colores, de alegrías,
me propongo una vida bella,
y repleta de emociones.
Que no haya sollozo,
declaro en el contrato,
y mil sonrisas, exijo sin perdón.
Un mundo luminoso,
uno sin mentiras,
un mundo mío, y sólo mío,
un mundo que nunca se deje caer.
Me propongo sonreír, y sin motivo,
me propongo ver la luz,
cuando la niebla me persiga.
Me propongo querer,
aunque me hieran,
y me propongo seguir,
aunque me venzan.
Me propongo hermosas cosas,
pero por sobre todo
me propongo una meta,
una que no añoro defraudar,
me propongo…
Si! Eso,
me propongo ser feliz…

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Te pienso aún cuando estás ausente en mis besos que te llaman,
Esperaría por siempre, aunque estuviese lo nuestro destrozado,
Admiraría tu rostro, enmudecida, contemplando eternamente tu hermosura,
Moriría en un instante, si no quisieras estrecharme entre tus brazos,
Olvidaría mi orgullo si pusiese en peligro todo aquello que sentimos.

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No te asustes si no alejo
de mis ojos tu mirada,
y en tus pupilas negras
evaporan mis palabras.

No te alarmes si no escapa
de mis sueños tu fragancia,
y tus labios tersos
aprisionan mi esperanza.

No te inquietes si mis manos
acarician tu confianza,
y mi cabello trenzado
se diluye con tu alma.

No te asustes,
no te alarmes,
no te inquietes…

Si tus pasos sigilosos
y los míos imprudentes,
se fusionan en la esencia
de un cariño incandescente.

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He tenido un sueño, lo he parido, durante nueve meses se formó dentro de mí. Quise ponerle nombre, ya que sentía profundo afecto por él, lo llamé “Amor”. Cuando me llegó la noticia en un palpitar acelerado, una sonrisa se dibujó en mi rostro. Su padre fue una mirada, una de esas que no deseas olvidar y su madre fui simplemente yo. Lo vi crecer continuamente en mí, algunas veces de forma calmada, otras aceleradamente, pero nunca se detuvo. Lo llevé con orgullo, aunque oculto, debía protegerlo, aún era muy frágil. Al cabo de los nueves meses decidió darse a conocer al mundo; hubo quienes intentaron que tropiece y quienes se esforzaron en enseñarle a caminar, mas siempre me mantuve a su lado, cuidándolo.

Pese al profundo cariño que le demostraba constantemente, Amor se sentía sólo, y anhelaba que su padre, el dueño de aquella mirada tan profunda, estuviese nuevamente a mi lado, así podría encontrar al fin un sentido a sus pasos, a veces torpes. Éste se perdía en unos ojos, lamentablemente no los míos, y con ello Amor se deprimía; aún así no dejaba de agigantarse, hasta que pronto empezó a pronunciar palabras, todas ellas alegres.

De repente, Amor había aprendido a correr, a hablar y hasta se había enamorado de una hermosa chica, “Poesía”, la cual pasaba mucho tiempo con él, convirtiéndolo en un joven muy sensible. Amor, además, era algo obstinado, pues nadie era capaz de detenerlo cuando se proponía una meta, el rendirse no era para él una opción.

Su belleza era codiciada por muchos, pero amor sólo era de su padre, mío, y de Poesía. Al nacer, Amor era un bebé muy sano y risueño, pero no sucedió lo mismo cuando llegó a los tres años, cuando ya no vivía brillando entre la gente, sino oculto en la tristeza de no ser aceptado por su padre, quien de forma tan cruenta lo ignoraba.

Me sentí muy desdichada, en el instante en que observé la silueta de Amor, cada vez más débil, pues él y yo, no nos distanciábamos ni un segundo; éramos inseparables. Mas qué podía yo hacer, si su padre, despiadado, no se dignaba a notarlo, o a notarme. Le pedí ayuda, y le conté que su hijo estaba muriendo, en medio de la agonía de su ausencia, ¡y cuánto le importó su sufrimiento!, o dejando de lado el sarcasmo, cuán poco le preocupó…

Hablé con Amor intensas horas, y todo ello no fue suficiente para levantarlo de la angustia que sentía, no obstante, ¿debía dejar desfallecer a alguien tan hermoso que me incitaba a seguir adelante? No, me era obligación animarlo, era mío, y alguna vez había sido tan fuerte.

Fueron tres años y unos pocos meses, y luego su dulce existencia encontró fin, sin lograr cambiar su dolor, mis ruegos y palabras. Me llevo preciosos recuerdos, aunque también, la herida de su muerte; y ¿podría acaso olvidar su figura?, que alguna vez fuese tan majestuosa e inmensa y ahora yace en el pasado y mi memoria.

Es su padre tal vez el asesino, de un niño que no fue premeditado; cuánto puede doler el rechazo, la atroz certeza, que mataron a mi misma sangre, a quien había sido parte de mi misma, a mi hijo, a mi alegría, a mi esperanza…

Sí, hay criaturas que son concebidas con el fin de la felicidad, cuyo destino las resguarda, en una larga e iluminada vida, cuyos padres son uno, y ese uno, quien los guía a ser quienes son; y hay otras, que vienen al mundo sin permiso, y tornan su sonrisa, en un principio tan sincera, en una fría mueca, al descubrir que su futuro es tan sólo quedar en el pasado.

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Lo que más odio de ti es el no odiarte,
me aborrece tanto no poder cesar de amarte…
Anhelo sumergirte en el olvido y no sacarte,
que mi mente no te llame ni te extrañe…

Sólo quiero que mis recuerdos no te incluyan,
ni que rumores tontos digan que aún me buscas,
¿Por qué, Dios? ¿Por qué claman mil tumbas?
¿Por qué el amor no admite la muerte ante rupturas?

Es que en mis sueños siempre vienes y saludas,
y mi corazón ya no soporta más suturas,
tal vez mi alma te grite y clave veinte agujas,
tal vez desee alejarte sin esperanzas ni amarguras.

Pero si tanto te abomino y alejarte de mi vista es lo que más espero,
¿Por qué cuando te acercas me alegro y te persigo con esmero?
y de mi boca sale un “te quiero”,
y de mi cuerpo cien latidos a la vez…

Pero con tu orgullo y tus diez excusas,
mis sonrisas quiebran por doquier
y tú, con tu calma absurda
pretendes creer que no lloraré,
y sin embargo…
¿Cuántas lágrimas por ti coseché?

Veinticinco lágrimas he derramado,
mil tumbas no te logran contener,
veinte agujas graban en mí tu presencia,
un “te quiero” se repite una y otra vez.

Cien latidos que me inmovilizan y dan miedo,
diez excusas que te separan de mi amor,
todos números que recién noto que existen,
todos números que se tornan en dolor.

Pues recién hoy he decidido no cegarme
y admitir entre suspiros, la decepción,
que lo nuestro fue sólo mío,
que lo mío,
fue tan sólo una ilusión.

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Un leve viento proveniente de la plaza Mitre surcaba su rostro pálido, el sol se consumía casi por completo en el horizonte, formando una gama de colores naranjas y rojizos, que daban la imagen de un hermoso paisaje pintado. El clima era seco, cortante, y hacía ya bastante frío, las baldosas que pisaban sus botas negras, estaban agrietadas por la antigüedad. La ciudad, fundada a fines del siglo XIX, resguardaba el secreto de miles de historias escondidas detrás de las escallas de mármol que revestían los altos frentes de las vetustas viviendas, donde se destacaban sus bellísimos zaguanes. Sus empedradas calles, recorridas por leyendas y mitos, eran testigos de los más bellos cuentos de amor, como también de los dramas más crueles. Pero dentro de estos caminitos añejos, sólo unos ojos apagados, merecen especial atención, y es de ellos, de los que no puedo despegar mi inquietud y quiero contarles, para que compartan la brutal impotencia que corre por mi sangre.

Parada frente a una casa, como hipnotizada por sus paredes, permanecía ese oscuro día martes, en la calle Justo José de Urquiza, atrapada entre La Paz y José Romero. Miraba hacía abajo como buscando algún objeto perdido; sus botas, escondidas en un pantalón azul, estrecho, no se veían en su totalidad, y llevaba en su torso un librito color rosa.

Esta joven mujer, contenía aún la ilusión de la niñez encerrada en su mirada. Junto a ella, momentos antes, dentro de esa coraza de paredes grises, se encontraba una anciana, con sus ojos cansados, mirando hacia la menuda figura de la invitada. Se observaron por minutos, las palabras corrían en el aire dibujadas en el silencio; apareció una pequeña lágrima en la mejilla de la joven mujer, la cual se contagió en la de la anciana. Ésta, sentada en su vieja silla de madera, la joven en un sillón, separadas por algunos pasos. Pronto, el sillón dejó de contener el peso de un ser en su regazo, y sobre el suelo se apoyaron unas botas, se escuchó un “perdón” pronunciado escasamente por una voz senil y una respuesta muda en un abrazo; pero esto a la joven no le era suficiente; tomó un objeto y lo apoyó en el cuello de la anciana, entretanto tenía sus brazos fuertemente unidos a la espalda de la misma; la joven dijo un “te quiero” y en ese mismo instante apretó el gatillo, ya no podía volver atrás… Comenzó a llorar, pero la ira sólo se ausentó luego de que el suelo se manchara de sangre. Cumplió su objetivo, y al mismo tiempo en su mente se combinaba un sentimiento de tristeza y arrepentimiento; pese a todo, debía hacerlo. Luego tomó su pequeño diario rosa, oculto donde sus manos lo habían guardado unos años antes, y se encaminó hacia la puerta, tirando un beso seco hacia los ojos de la anciana, ya inertes. Cerró la puerta, todo terminó.

Su pasado cruento y desalmado se negó al olvido; la rabia se mantuvo en ella, intacta. Ya no como niña, sino como mujer, enfrentó sus temores y se vengó en un abrazo mortal, de quien le había regalado la vida y al mismo tiempo, arruinado su existencia.

Las decisiones habían sido ya tomadas, y una silueta afligida lloraba frente a los muros, con sus manos más asustadas que nunca. La ciudad, con sus árboles color café y sus metas caídas en la lluvia, se sentía identificada con la trágica historia de la dueña de esas botas, que no sabían hacia dónde continuar.

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Dame la mano y sujétame fuerte,
juro cuidarte, también protegerte.
Ambas iremos por el mismo sendero,
mirando una estrella, con un mismo anhelo.
Tendremos promesas, tendremos secretos,
reiremos tal vez, o tal vez lloraremos.
De momento nos miraremos con ira,
y de otros nos perdonaremos;
seremos dos chicas compartiendo sueños.
Iremos despacio, o si no, correremos,
mas siempre unidas, atadas por recuerdos.
Seremos familia, seremos consuelo,
seremos un “siempre” y un amor verdadero,
seremos dos entre muchos “te quiero”,
¡Seremos tanto!
Seremos amigas…

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Con sus ojitos cerrados,
retiene firmemente entre las manos,
una palomita blanca, que ha de ser la paz.
Frota su mejilla en la cabeza blanca,
mientras sus cabellos parecen elevarse hacia las nubes.
Envuelta en serenidad absoluta,
no comprende de resentimientos,
su sabiduría es demasiado amplia para entender el odio.
Su mente ruega por la ignorancia de aquellos
que poco saben de este hermoso mundo,
e ignoran la majestuosidad que los rodea a cada instante.
Si tan sólo cada hombre que tomara en sus manos,
una palomita blanca, pura,
admirara en ella la paz que manifiesta,
olvidando la furia sin sentido,
¿acaso existirían las batallas por poder u objetivos absurdos?

paloma_.jpg

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Nos vimos una tarde calurosa,
y reímos como locos, sin motivo,
ambos teníamos miedo,
de quedar tan sólo en el olvido,
a ambos nos preocupaba
nunca ser algo más que dos amigos.
Y ninguno dijo más que algún “te quiero”
y ninguno insinuó lo que sentía,
la timidez de adueñó de nuestras voces,
y ahora permanezco en mi casa arrepentida.
¿Por qué no confesé cuánto te amo?
Añoro verte, no imaginas el peso de tu ausencia.
Y mientras diviso mi rostro en el espejo,
me ruego ser valiente,
para descubrir si tu mirada busca,
estos ojos que te anhelan,
estos labios que te quieren,
este corazón que no aguanta,
las ansias voluptuosas de tenerte,
pues mi mente te recuerda todo el tiempo,
y mi alma has hechizado de repente.

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corazon-arena-mar.jpgDibujé un corazón con mi pie,
en la dulce superficie de la arena,
cómo evitar temer por él,
si el mar amenaza destruir
lo que tan hermosamente he creado,
al sentir tus besos, que me llenan…
y lo marqué profundamente,
para que el tiempo no lo deshiciera,
pero creo que ni el mar, con sus oleadas,
puede derrumbar este símbolo de amor,
que representa en mí una luz,
que se imprime en mi ser,
que me habla, que me escucha,
que lentamente me envuelve y envenena.

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